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Costa Rica en imágenes: naturaleza en estado puro

Costa Rica fue un viaje inolvidable no solo porque me sorprendió su exuberante naturaleza sino también porque fue mi primer viaje sola. Había leído varios artículos acerca de su riqueza natural y cómo se ha posicionado en uno de los destinos de ecoturismo más importantes del mundo y por ello me decidí a visitar este pequeño país.

Costa Rica alberga el 5% de la biodiversidad del planeta, lo que lo convierte en el país con mayor variedad de flora y fauna por kilómetro cuadrado.

Compré el viaje a través de una agencia online, un paquete que incluía traslados y alojamiento, porque, al viajar sola al otro lado del charco, quería tenerlo todo contratado y la posibilidad de ir en grupo para estar en compañía.

El circuito contratado fue perfecto: los traslados estaban bien organizados y los alojamientos eran geniales, mucho mejor de lo que me esperaba. Sin embargo, ahora que tengo más experiencia en esto de viajar sola, creo que, si me hubiera organizado el viaje, lo habría aprovechado mejor, pudiendo visitar más lugares y hacer más cosas en esos 10 días. Pero bueno, era la primera vez y de todo se aprende.

Aterricé en San José, la capital tica, de noche y no se me ocurrió otra cosa que ir a dar una vuelta y a cenar. Sí, de noche. El ambiente de la calle no era muy friendly que digamos: venta callejera, pandillitas de latin kings escuchando reguetón, tráfico caótico, poca iluminación; … Lo tenía todo para ser el escenario de un asalto o un secuestro. Pero a medida que caminaba y observaba, me daba cuenta de que ese es el espíritu de la ciudad, a ojos de un europeo no infunde mucha seguridad, pero en realidad la ciudad es bastante segura al igual que las zonas que visité.

Costa Rica es uno de los países más seguros de América Central. En general todo el país no es peligroso y simplemente se deben tomar las medidas de precaución básicas.

Al día siguiente, los guías me recogieron en el hotel y nos dirigimos al Parque Nacional de Tortuguero, el más emblemático del país por ser la zona más importante del Caribe para el desove de varias especies de tortugas.

Atravesamos un territorio montañoso y tapizado por una espesa vegetación que se deslizaba hasta los bordes de la carretera, el Parque Nacional Braulio Carrillo, y paramos en Guápiles para desayunar en un hotel. En el bosque que lo rodeaba, vi al perezoso y a la ranita roja con patitas azules, llamada Blue jeans, muy común en Costa Rica, Panamá y Nicaragua, y tan mona como venenosa.

Después seguimos hasta llegar a un terreno más llano, con fincas ganaderas y plantaciones de plátano, como la de Chiquita, para terminar el recorrido por carretera en los canales de Tortuguero. Ahí nos subimos en unas lanchas ya que es la única forma de llegar al alojamiento que está al borde del canal.

Tras acomodarnos y comer, visitamos la población de Tortuguero, un conjunto de casas coloridas y sencillas. Antes de la irrupción del turismo, sus habitantes se dedicaban a la caza y pesca y, aunque estas actividades se mantienen, entre sus calles se encuentran muchas tiendas de artesanía y souvenirs.

En la playa se puede presenciar el desove o la eclosión de los huevos (ver cómo anidan y cómo salen). En mi caso, lo único que vi son los nidos y las cáscaras de los huevos ya que el período de desove y eclosión comprende de marzo a octubre (y yo fui en noviembre, ¡bien, Marga! ¬¬)

Cinco de las siete especies de tortugas marinas que existen en el mundo desovan en Costa Rica.

A la mañana siguiente hicimos un tour en lancha por los canales, una de las áreas más silvestres de Costa Rica, con la variedad biológica más grande, donde se pueden ver caimanes, iguanas, garzas, monos y muchos, muchos bichos.

Por la tarde, proseguimos con el itinerario desplazándonos hacia La Fortuna, localidad en la que se asienta el espectacular volcán Arenal, al que tenía vistas desde la habitación de mi hotel, y la catarata La Fortuna, una vertiginosa caída de agua de 70 metros.

El día siguiente hice una excursión completísima a los puentes colgantes de El Arenal, una red de senderos que atraviesan un bosque húmedo. En total hay 14 puentes que van desde los 8 a los 98 metros de longitud y alcanzan hasta los 60 metros de altura y desde los cuales se puede admirar la flora y fauna del lugar.

Tras los puentes hice una caminata a la catarata de la Fortuna y después visité el Parque Nacional del volcán Arenal donde aparte del mencionado volcán se puede admirar el volcán Chato y el lago Arenal y, cómo no, ver más flores y animales, como la banda de tucanes o el pizote (coatí de nariz blanca) que sale en la foto.

El volcán Arenal es el tercer volcán más activo de Costa Rica, detrás del volcán Rincón de la Vieja y el volcán Turrialba.

Algo casi obligatorio que se debe hacer en La Fortuna es bañarse en las aguas termales que fluyen bajo el valle volcánico. Existen diversos complejos de aguas termales como Los Laureles, Tabacón o Baldi (ver fotos) donde disfrutar de un baño relajante, aunque también hay que decir que la mayoría de los hoteles de la zona cuenta con sus propias piscinas de agua termal.

Después de La Fortuna tocaba Monteverde, hogar de uno de los hábitats más raros en la Tierra, el bosque nuboso, que se puede recorrer haciendo senderismo o en tirolina. También es el lugar por excelencia para hacer deportes extremos en la naturaleza y visitar plantaciones de café. Y exactamente eso fue lo que hice. Pasé una mañana en un canopy tour, esto es, un recorrido de tirolinas y puentes colgantes que atraviesa el bosque. Una experiencia taquicárdica pero que sin duda repetiría.

Por la tarde, visité una plantación de café, cacao y azúcar. El tour comienza con un paseo por la finca, donde se pueden ver las plantaciones. Después pasan a explicar el proceso del café y del cacao, terminando con una demostración de cómo se obtiene el licor de caña y los diferentes derivados del azúcar.

El fin del circuito fue en la costa del Pacífico, en el Parque Nacional Manuel Antonio. Su gran atractivo son las playas paradisiacas rodeadas de palmeras. La reserva cuenta con varios senderos que atraviesan la selva y manglares y playas de arena blanca, islotes y puntas quebradas, envueltas con una tupida vegetación.

La entrada al Parque Manuel Antonio tiene un precio de 16 dólares americanos para los turistas extranjeros.

Además de disfrutar de las playas se puede admirar la flora y ver animales como los mapaches que se acercan hasta la arena en busca de comida (como el de este gracioso vídeo). Para realizar otras actividades hay que salir de la reserva, por ejemplo, en Quepos hay un buen número de empresas especializadas en actividades y deportes náuticos como buceo o excursiones en barca como la que hice yo en (¡ojo!) trimarán para avistar delfines.

Fuera de la zona protegida del Parque hay más playas como la de Espadilla Norte (o playa pública) repleta de gente haciendo surf o jugando al vóley, tiendas de artesanía, restaurantes de comida internacional (más que de local) y bares de estilo surfer. Un paseo por esta playa es imprescindible para comprender por qué aquí el lema “pura vida” cobra todo su sentido.

Fotografía de portada © Unsplash

 

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