Inicio ÁLBUMES Capadocia en imágenes: una mezcla de misticismo e historia

Capadocia en imágenes: una mezcla de misticismo e historia

Crees que nunca vas a caer y, al final, caes. Y es que te ponen “sorteo”, “viaje” y “gratis” en la misma frase y, claro, no te puedes resistir. La historia de mi viaje a Capadocia empieza así.

No recuerdo la agencia, pero sí la llamada que recibió mi hermana de una mujer informándole que había ganado un viaje a Capadocia. Unos días antes había estado en Barcelona y en el aeropuerto encontró un stand de promoción turística de Turquía que organizaba un sorteo, participó y… ¡oh, sorpresa!

Esos primeros instantes que nos sentimos tocadas por la diosa Fortuna rápidamente desaparecieron ya que la mujer al otro lado del teléfono se apresuró en informar que, si queríamos el viaje y, como indicaba en la papeleta de participación (en letra liliputiense), debíamos abonar una cantidad en concepto de no recuerdo bien qué. Sin pensarlo mucho, aceptamos y pagamos puesto que te toque un viaje casi gratis es una oportunidad que no hay que dejar escapar.

Empezamos la aventura volando a Antalya desde Barcelona. Antalya es una ciudad costera, situada al suroeste de Turquía y uno de los principales destinos turísticos del país por sus playas y patrimonio cultural.

En el aeropuerto nos encontramos con el resto del grupo y con el guía que nos acompañó durante todo el viaje. Lo primero que hicimos al llegar fue ir al hotel, estaba a primera línea de costa y tenía playa privada. No era una maravilla, pero tenía buenas vistas. Tras descansar, fuimos a pasear por la zona llegando a la playa de Konyaaltı, con sus graciosos merenderos con barbacoa.

Al día siguiente, nos dirigimos a Konya, la meca del sufismo. En esta ciudad murió el fundador de los derviches giradores de la orden sufí Mevleví (Jalal ad-Din Muhammad Rumi) y por ello, el mayor atractivo de la ciudad es su museo-mausoleo y ver la danza de los derviches.

Dentro del museo no faltan mármoles, maderas talladas y espléndidos ejemplos del arte del azulejo, alfombras y caligrafía islámica con obras de Rumi. Pero lo más significativo para los fieles sufíes es que el museo alberga el convento donde vivió y predicó Rumi. En el itinerario se pueden ver las austeras celdas de los derviches, sus instrumentos musicales y la biblioteca con valiosos manuscritos. Una mezquita, fuentes y tumbas en el exterior completan el mausoleo.

El museo-mausoleo de Rumi es el sitio turístico más visitado del país después del Palacio Topkapi, en Estambul.

Dejamos atrás Konya para entrar de lleno en la región de Capadocia, rumbo al Museo al aire libre de Göreme. Por esas llanuras de la Anatolia central, pasaba antes la Ruta de la seda y aún se ven los caravasars (kervansaray en turco), posadas donde paraban las caravanas de mercaderes.

Llegamos bien entrada la noche a nuestro hotel en Ürgüp, ciudad que se ha convertido en el centro turístico de la región. En unas pocas horas tenía que embarcarme en una aventura: ver Capadocia desde el aire.

Eran entre las 5 y las 6 de la madrugada cuando por primera vez me elevaba en un globo aerostático. El globo flotaba suavemente y, cuando el quemador se apagaba, había allí arriba un silencio que jamás había escuchado. Sin duda, fue una de las maravillas de este viaje.

Tras el vuelo, visitamos el Museo al aire libre de Göreme. Se trata de un valle con monasterios excavados en la roca entre el siglo XI y XII, uno al lado del otro. Cada uno tiene su propia iglesia y algunas conservan los frescos con la pintura original. Todas ellas sorprenden por su perfección arquitectónica pese a los medios primitivos utilizados en su construcción.

De las 365 iglesias que existían en Göreme, hoy solo quedan nueve.

Como en todo buen viaje organizado, no nos íbamos a librar de las visitas programadas a comercios locales. Visitamos una fábrica de alfombras donde nos explicaron todo su proceso, desde el tratamiento de los capullos de seda (fotos) hasta el tejido a mano. Después, pasamos a una sala donde nos ofrecieron té, como manda el protocolo del regateo, y varios hombres desplegaron su mejor arsenal de alfombras, intentando regatear ante el mínimo gesto de interés.

El rato en la fábrica además de ser agotador nos abrió el apetito, así que nos llevaron a al Valle de los mojes, Pasabagi, o más conocido como el Valle de las chimeneas de hadas por las curiosas formaciones rocosas que parecen setas alargadas. En estas chimeneas no vivieron hadas, pero sí eremitas que querían alejarse de zonas pobladas. Algunas de estas “chimeneas” alcanzan los 40 metros de altura y se puede entrar al interior para ver cómo vivían en épocas primitivas. Allí, en una explanada, había puestecitos de comida rápida y probamos los gözleme, una especie de crepe rellena muy popular en todo el país. Acabamos el día visitando el Valle de Devrent o el valle de la imaginación porque muchas rocas tienen formas de animales, como la del camello de la foto.

Al día siguiente, seguimos recorriendo los pueblos de la Capadocia esta vez en el punto más alto de la Capadocia, el castillo de Uchisar. Lejos de ser la típica fortaleza, se trata de una formación rocosa que excavaron sus habitantes para vivir y protegerse de los invasores. En el interior del castillo hay túneles y diferentes habitaciones.

Después visitamos el valle que conecta Uchisar con Göreme, el Valle de las palomas, conocido con este nombre porque sus cuevas han sido pintadas de blanco para atraer a estas aves cuyos excrementos recogen los agricultores para utilizar como fertilizante.

Y después de ver caca… ¡llegó la hora de comer! Paramos en Ortahisar que también tiene una fortaleza tallada en la roca y llena de galerías laberínticas, pasadizos y estancias secretas.

Capadocia debe su origen a una erupción volcánica y es uno de los lugares más antiguos del planeta. Su nombre en turco significa «tierra de bellos caballos».

Antes de poner fin a nuestro viaje por la Capadocia faltaba, cómo no, otra visita a una fábrica. En este caso, fue a una de cerámica en Avanos. La cerámica ha sido producida en esta área durante siglos y algunas de las técnicas que aún se utilizan son muy antiguas. En la fabrica pudimos ver toda la elaboración artesanal de diferentes piezas y el decorado a mano. Había cosas realmente muy bonitas como azulejos, platos o jarrones de muchos colores y motivos orgánicos.

La mañana siguiente regresábamos a Antalya, donde íbamos a estar unos días más. En el camino paramos para visitar otro de los imprescindibles de Capadocia: una ciudad subterránea. Se estima que en Capadocia hay 36 ciudades subterráneas y se cree que fueron construidas entre los siglos VI y X, para protegerse de las invasiones de los persas y árabes. En concreto, nosotras visitamos la de Kaymakli, la más extensa, tiene 8 niveles de profundidad, 5 abiertos al público, y en ellos se recorren las cámaras que servían de habitación, cocina, almacén e incluso capilla. Dentro hay buena ventilación y está iluminado y creo que vale la pena conocer algo tan insólito, sin embargo, no se lo recomendaría a alguien que no está cómodo en espacios cerrados.

Otro alto en el camino hacia Antalya fue el caravasar de Sultanhani, el más importante de la Ruta de la seda por su gran envergadura. Su exterior te da una primera impresión de la robustez y magnificencia que esconde. En él se puede ver un inmenso patio rodeado de habitaciones y con una pequeña mezquita en su centro.

Las ciudades subterráneas de la Capadocia son todavía son un misterio pues en ellas no se han encontrado restos humanos, escrituras o pinturas que permitan conocer los detalles de la vida de los ocupantes.

Los últimos días de este viaje los pasamos en Antalya. Lo primero que visitamos fueron las cascadas Düden, un salto de agua de 50 metros que desemboca en el mar. A mí, no me impresionaron, no era nada del otro mundo, pero se ve que es un atractivo turístico. Incluso hay excursiones en barco para ver la cascada desde el mar. A 8 kilómetros de las cascadas está el centro. En él las distancias son muy cortas y fácilmente en un día se pueden ver los lugares más importantes como las ruinas romanas de la Puerta de Adriano, las mezquitas de Yivliminare o de Tekeli Mehmet Paşa (foto) o monumentos antiguos como la torre Hıdırlık o la torre del reloj.

La mejor forma de descubrir la ciudad es pateando por el casco antiguo o kaleiçi, formado por calles estrechas y repleto de casas de madera de los siglos XVIII y XIX, muchas convertidas en alojamientos, cafés o tiendas de souvenirs. Y la mejor forma de impregnarse del ambiente de la ciudad es dando un paseo al atardecer por el Parque Karaalioğlu, a mí me enamoró. Las vistas a la inmensidad del mar con la cordillera de fondo, gente cantando, tomando el sol, … todo muy peace and love. Además, allí se pueden ver los refugios para gatos, casitas acondicionadas con comida y agua; los típicos carritos de helado turco, una variedad hecha con una técnica especial; y la estatua de un personaje que a los españoles/as nos es muy familiar.

El colofón a nuestro viaje fue en Pamukkale. Un capricho de la naturaleza casi único en el mundo. Se trata de una cascada de piscinas termales que caen por la ladera de una montaña. Lo llamativo es que son completamente blancas debido al tipo de roca, la creta. Por ello, parece para algunos una catarata congelada, una montaña nevada o, para los turcos, un castillo de algodón, como su nombre indica.

Antes de ser declarado Patrimonio de la Humanidad, Pamukkale estuvo muy descuidado y por este motivo la mayoría de las piscinas a las que se puede acceder son artificiales, manteniéndose las naturales cerradas para fomentar su recuperación.

Para llegar a Pamukkale desde Antalya se puede ir en coche o en autocar. Nosotras compramos los billetes en una compañía de transporte que no recuerdo ni el nombre ni el precio (vaya blogger estoy hecha). El viaje duró unas 3 horas y no es directo: el bus nos llevó a la estación de buses de Denizli y una vez allí tuvimos que coger un minibús que nos dejó a las puertas de Pamukkale.

Subimos la ladera blanca y nos bañamos en las piscinas. Después de estar en remojo y contemplar el paisaje fuimos a la parte superior de la montaña donde se encuentran los restos de la ciudad romana de Hierápolis y la Piscina de Cleopatra, con restos de columnas romanas. Pese a que al principio me decepcionó por el deterioro de algunas zonas y la cantidad de gente que había, Pamukkale logró dejarme una buena impresión: la grandeza y belleza del conjunto natural es asombroso.

Turquía nos enamoró con su misticismo y sorpresas, una aventura que emprendimos casi sin querer pero que nos regaló momentos muy buenos que nunca olvidaremos.

Fotografía de portada © Unsplash

 

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